La casa azul

Buenas noches diario del confinamiento, «¡hoy ha sido un gran día!» Te cuento…

– ¡Buenos días mamá! Ya me he levantado, y el papá?
– Abajo, preparando el coche y metiendo las maletas, anda tómate la leche y por favor después ayuda a tu hermano a vestirse, mientras… ¡yo haré las camas!
– ¡Ya estamos mamá! Le he peinado y nos hemos puesto colonia.
– Ah, pues muy bien, ¡dile a tu padre que ya bajamos!
– Papá, ¡nos vamos! ¡Pi, pi, pi los de Jávea, los de Jávea!
– ¡No chilléis que son las seis y media de la mañana!

Pasadas casi cuatro horas…

– Chicos… ¡despertad!, ¡estamos llegando! Nos avisa mi madre.

Nos desperezamos, se hacía pesado, pero nada más ver que entrábamos en la calle y apreciar aquella verja, se nos pasaba de golpe toda la pereza del viaje.

– ¡Que nervios!, ¡la casa azul!, ¡ahí está!

Sé que es una casa pero me transmitía tanto cariño. Llegamos a media mañana.

– Vamos a entrar por detrás, sin hacer mucho ruido, a ver si podemos darles una sorpresa. ¡Vamos hermanito!

Entramos por la cochera, pasamos la puerta que tiene una cortina de cintas rojas, que me encanta tocar y atravesar. En el comedor no había nadie. Desde allí se apreciaba el olor de la comida, me preguntaba qué estaría preparando. Seguimos hasta la cocina. Y como era de esperar, allí estaba mi abuela, con su delantal almidonado.

– Nada… !no habido suerte! !nos ha visto!
– ¡Ay qué alegría! ¡ya habéis llegado! Exclamó mientras se secaba las manos.
– ¡Abuelaaaa! ¡qué bien huele! Nos dimos un abrazo que duró lo suficiente para sentir su aroma. Me encanta el olor de mi abuela. – ¿Y el abuelo? Le pregunté.
– ¡Ay hija! ¡no tardará! ¡Le he mandado a por el pan a la tienda de Pepe!.

Mientras mi padre atravesaba toda la casa para dejar las maletas en la que era la habitación de la bisabuela. Desde que la pobre falleció, se utilizaba de vestidor, tenía unos cofres y unos percheros de madera que mi bisabuelo trajo desde Marruecos, era oficial en un barco del ejército, viajaba mucho, siempre traía cosas interesantes, como decía… mi padre se percató que mi tío aún dormía, nos lo dijo en voz bajita y ahí teníamos la oportunidad de sorprender a alguien, y lo hicimos, era tan alto que sus pies se salían de la cama, cosa que nos vino bien para despertarle haciéndole cosquillas, se notaba que era maestro, tenía mucha paciencia además de un don para entretenernos. Y claro, mi tío tuvo que levantarse.

– He oído la puerta !corre que es el abuelo!

Mi hermano y yo nos escondimos en la entrada y al pasar mi abuelo cargado con la compra, le dimos un susto. Aunque mi abuelo había visto el coche, ya más o menos se lo esperaba pero hizo como si nada.

– Bueno… bueno… bueno… Menudo susto me han dado los valencianos !Ja, ja, ja! Nos partíamos de risa orgullosísimos, pero que inocentes éramos. Acto seguido, nos abrazó y besó muy efusivamente, pinchándonos con su bigote, pero nada… «sarna con gusto no pica», !era nuestro gran momentazo!

– !Abuelo! Te hemos traído un regalo por tu santo

Y mi hermano sin esperar a que lo abriera, le dijo lo que era:

– ¡Es un libro del Real Madrid!
– ¡Gracias! Vamos… vamos… vamos… ¡qué regalazo!, agradeció mi abuelo.

Y a las doce del mediodía, la hora de la «picaeta». Mi tío y mi madre la preparaban en la mesa de la cocina, ponían berberechos, mejillones, lomo embuchado, queso… cervecita compartida y Fanta de naranja para nosotros. Era como una tradición familiar. Casi un ritual. Antes de comer, tenía la necesidad de recorrer toda la casa, el cuarto del patio, subir las escaleras de la terraza, el segundo comedor que era para las visitas, lleno de fotos y recuerdos curiosos, con cajas que guardaban caramelos, que poco a poco durante la estancia vaciábamos con viajecitos a escondidas, el despacho con aquel ventanal que daba al porche donde se veía la calle, la habitación de mis abuelos con el armario ropero que tenía un espejo, donde frente a él me ponía a bailar a solas, en fin, me llenaba de esencia estar en aquella casa, mi esencia.

Una vez pasada la siesta, llegaban las visitas, mis tías abuelas, la madrina, y por fin el otro hermano de mi madre y su familia, o sea, mis primos y con ellos la diversión. Era casi un privilegio jugar en aquella calle porque era peatonal, no pasaban coches, sólo un heladero con helado de vainilla casero que vendía por las tardes, mi abuelo cada tarde, nos compraba el típico «chambi» que sabía a gloria bendita. Y mi madre! Sobre todo ver la cara de felicidad de mi madre por estar allí con los suyos, eso no tenía precio, era pequeña pero me daba cuenta.

Y cuando todos se iban, cenábamos en el comedor, mi abuelo siempre se sentaba entre nosotros dos, nos miraba embelesado, nos sonreía, disfrutaba de nosotros, era muy familiar. Aquello me hacía sentir la personita más afortunada del mundo.

!Hoy ha sido un gran día!

Sí, querido diario del confinamiento, hoy por mi cabeza pasaban pensamientos de preocupación y aburrimiento, no he querido vivir este día así, he cerrado los ojos, he pensado en aquellos momentos, me he llevado hasta la casa azul, he vuelto a vivir aquel día unos treinta y tantos años después, he convertido este día gris en un día azul, lleno de felicidad, aunque mis abuelos ya no están, sí en mi corazón, tengo a mis padres, a mi marido y a mi hijo, no puedo pedir nada más, tener salud y mi familia a mi lado es ya suficiente para decirte que… «hoy ha sido un gran día».

Titol obra: La casa azul
Pseudònim: Ada
Edat: 46 anys