En el umbral

No sé si estoy dormida o despierta. Tengo la sensación de flotar entre la vigilia y el sueño. Más bien debería decir pesadilla.

Duermo en el umbral de la vigilia. Una espesa niebla entra desde el mar. La huelo desde la cama. No me puedo mover. El profundo silencio pesa. Me pesan los brazos. Me pesan las piernas. El canto de los pájaros hiere mi piel. Al fondo, ruge el bramido del mar. Puedo imaginar las olas. Las imagino o las veo dormida: cómo rebasan la escollera, cómo lamen la orilla, cómo lanzan las piedras y las vuelven a retirar. Piedras diminutas que caracolean o piedras más gruesas que suenan como castañuelas roncas.

A veces pienso que esta pesadilla es solo mía y que al abrir la ventana entrará una ráfaga de aire cargada del bullicio de la vida cotidiana. Por eso retraso el momento. Me cuesta enfrentarme a la escena del vacío: las calles desiertas, los coches parados, la ausencia de niños, los perros atados, los gatos dormidos…

Si la pesadilla fuera solo mía, cerraría los ojos para siempre y pensaría en todo lo que he vivido. Vería a mi primer amor con su amplia sonrisa bajo el flequillo ondeando al viento. Sentiría de nuevo la emoción imborrable de aquel día, cuando el feto que flotaba en mi interior dio una patada, (¿o fue un puñetazo?) y algo cambió para siempre. Reviviría sin amargura los estragos de la pasión confusa, o salvaría las distancias con un gesto de la mano. Recordaría sin nostalgia los libros leídos, los que han alimentado mi angustia insaciable poblando mi mente de vidas escritas. Me enfrentaría a esas personas que te vuelven del revés, te tiran al suelo y te levantas habiendo perdido algo, una piel hecha jirones que queda en el camino. Me pregunto cómo sería seguir en la cama, saboreando la hiel de la vida derrotada. Repasaría con detalle los fracasos puntuales, los sinsabores nimios del amor gastado. Soltaría una enorme carcajada.

En un acto de valor sin precedentes me levanto y abro la ventana. La realidad me golpea como una bofetada. La pesadilla no es solo mía. La tercera parte de la humanidad, (o más, las cifran enormes me producen vértigo), está encerrada en sus casas, en sus mansiones, sus apartamentos, sus cuchitriles, o en las mazmorras del hambre.
Media humanidad encerrada, por la acción de un fragmento de ribonucleico rodeado de grasa. Me asombra la perversidad de la pesadilla. El virus no es un bicho, no tiene voluntad ni propósito alguno, no está aquí como un enviado maléfico. ¿Qué es entonces? Una excrecencia orgánica, un camino descartado, una posibilidad fallida, una metáfora mortal escondida entre los pliegues de la vida…

Me acosan los elementos terroríficos del miedo cinematográfico. El enemigo es invisible por diminuto, se esparce en las gotículas, al hablar, al toser y se deposita en las superficies de nuestra rutina, los picaportes, los ascensores, las puertas, las encimeras, las butacas del cine, los escenarios del teatro, los tablados de la danza, la madera reluciente del piano… Y, ¿hay que desinfectarlo todo? Un fragmento orgánico, desconocido y mortal suma ceros a la cifra de víctimas. ¡Qué pesadilla!
Me gustaría ser dios, o un dron gigante y ver desde arriba, las calles vacías, los trenes detenidos, el cielo sin aviones, los ciervos en los pasos de cebra, las cebras en su piel, los elefantes lejanos… ¿Ya nunca podré ir a África?
Realmente es una pesadilla cruel que nos hace más humanos o nos distancia definitivamente de nosotros mismos y del frágil planeta en qué vivimos.

No me levanto. Me quedo arrebujada escuchando el silencio. Así sigo, y seguiría. Pero me he topado con una palabra. Una palabra hermosa, punzante, llena de aristas. La palabra «genuina». Ha aparecido como una explosión interior, una revelación epifánica, una bala errática, (podría seguir, pero me contengo). La palabra ha sido, es, mi hogar y mi alimento. Escribir es estar sola. Como dice el poeta: «de mis soledades voy/a mis soledades vengo/ pues para estar conmigo/ me bastan mis pensamientos».

Quizás el confinamiento sea una oportunidad de reencontrarnos con nuestra soledad. Y a partir de ahí, de entablar una relación genuina con el otro y con el mundo.

Titol obra: En el umbral
Pseudònim: Colometa
Edat: 73 anys