Cansada

Hoy me he levantado cansada, como muchas mañanas. Cansada de enfrentarme a otro día más de no hacer nada y hacer tanto. Como muchas mañanas he abierto los ojos y he deseado dormir, dormir un poco más, despertarme más tarde y no tener por delante la inmensidad de un día que se repite como un mantra.

¿Qué hago para comer? ¿Tengo que ir a comprar? ¿Cuántas lavadoras tocan hoy? La compra me da pereza, cocinar también. Últimamente vivo pegada a trapos y lejía; a la escoba, mocho y estropajo. A las pinzas de tender y a la tremenda pereza de emparejar calcetines. Jamás dejo a un calcetín viudo, si han perdido su pareja los junto con otro en su misma situación, nunca los tiro. Me gusta pensar que mis pies se cubren con dos calcetines solitarios y diferentes que tienen otra oportunidad para caminar. Y no la van a dejar pasar.

Al principio fue una paranoia. Hasta me desvestía en el patio tras volver del súper y colgaba la ropa al sol. Lejía en los zapatos, lejía en las alfombras, lejía en el corazón. Suerte tengo de tener patio y me pueda dar el aire. Suerte que mis hijos rondan los veinte y no los seis. Suerte de vivir en el campo. Suerte de tener llena la despensa.
Prudente como soy, me encerré en casa diez días antes del confinamiento, cuando ya llevaba un par de semanas comprando un paquete más de arroz, una botella de aceite que no me hacía falta y una botella de vino que sí me la hacía. Ahí empezó la precaución, después un ligero miedo, más tarde el estupor.

Nunca hasta ahora había descubierto la magnitud del silencio, del silencio roto por trinos de pájaros que nunca escuché. Ahora sí. La naturaleza recupera su sitio y se hace grande al mismo tiempo que nosotros nos hacemos pequeños encerrados en casa. Los delfines campan a sus anchas por la bahía de mi pueblo.

Ninguno imaginábamos vivir lo que estamos viviendo.

Pienso en mis hijos, en cómo será después, y en cuándo será
después. Pienso si después existe, si nos espera; si hay algo detrás de esta cortina que nos aparta del mundo. Algo parecido a lo que teníamos. Quiero que mis hijos puedan vivir la misma juventud que yo, lugares abarrotados y besos sin preguntar. Besos sin lejía. Quiero saber si volveré a abrazar al hombre al que quiero.

Hace un par de días terminaron los aplausos, no sé si volverán. Se escucha el ruido de las sirenas y algún «cumpleaños feliz», pero no hay aplausos. Los sanitarios pidieron cambiarlos por un minuto de silencio en demanda del material que no les llega. ¿Cuántos días llevan trabajando a destajo? ¿Cuántos días trabajando sin protección? ¿Cuántos días?

Nuestros guerreros van a la batalla sin escudo, y profesiones antes denostadas se han convertido en imprescindibles; si no fuera por ellos el país se habría parado. Pero aún funciona, y ahora nos debemos incorporar los demás, y debemos ir a nuestra «pelu» de barrio y a nuestra frutería de barrio, al bar de la plaza cuando podamos encargar comida para llevar, a la lonja y al mercado. Comprar un paquete de pipas o un ramo de flores, empezar a mover el comercio.

Vivo en una comarca afortunada, lejos de los mayores focos de infección. Una comarca de personas responsables que no juegan con la salud y permanecen en sus casas esperando estar limpios y volver a levantar la persiana de sus negocios, abrir las puertas de sus casas, abrazar a los demás.

Hoy, cincuenta y tantos días después del inicio del confinamiento, se han empezado a relajar las medidas.

Los residentes guiris, desaparecidos durante casi dos meses, han empezado a salir igual que los caracoles después de la lluvia.

Nosotros también estábamos desaparecidos.

Bajar a la calle y verla vacía, vacío el paseo y vacío el mar.

Vivo en un pueblo de sal y sol.

Mi pueblo está dormido, pero no muerto, y hoy, dos de Mayo, hemos empezado a despertar.

Titol obra: Cansada
Pseudònim: La Prima Vera
Edat: 56 anys